Mi Historia

Este es un relato que cuenta algunos momentos vividos durante mi vida. Esta hecho con la intencion de ser de alguna manera util para personas que enfrenten algun tipo de discapacidad, sabiendo que todo es posible mientras que se tengan ganas y fe.

  • Mi vida convertida en un relato..

    15Julio 2006

    Cuando me dijeron que contando la historia de mi vida, podía inspirar a muchas personas pensé que era una broma, que era simplemente alguna manera de hacerme sentir bien y una expresión de cariño poco usual. Yo pensaba: ¿Por que he de contar lo que he vivido? ¿Que tienen de especial los caminos que he recorrido durante mi vida? “Yo no he hecho nada extraordinario” me decía a mi mismo, simplemente he sido un hombre más sobre esta tierra, con defectos, virtudes, aciertos y desaciertos, que ha transitado por este mundo tratando de hacer las cosas lo mejor posible. Entonces me sigo preguntando: ¿Donde está eso especial que vale la pena contar? Aun no lo se, pero si de algo les sirve, aquí va mi historia.

    Nací un 19 de diciembre en la ciudad de Maracaibo, producto del fruto del amor de un par de jóvenes alegres y espontáneos, deseosos de comerse al mundo con su ímpetu y sus ganas de crear un futuro prospero lleno de dichas y momentos inolvidables. Estos dos jóvenes unieron sus vidas basadas en un amor colegial e inocente y le dieron vida a un proyecto común en el cual estaba yo como pieza fundamental.
    Luego de transcurridos los nueve meses de gestación, de un embarazo normal, sin contratiempos ni dificultades, llego el gran día, el momento en que yo, el primogénito, saldría por fin al mundo y le pondría fin a la casi interminable espera. Salí del vientre de mi madre callado, sumiso y cabizbajo, sin ganas de gritarle al mundo que había nacido. Los médicos, se dedicaron durante varios minutos a intentar de alguna manera darme ánimos, diciéndome con sus acciones y sus palabras que si valía la pena entrar en el mundo de los vivos y que no me dejara vencer por las dificultades que atravesaba en ese momento. Esa dificultad, era simplemente la falta de oxigeno que mi cerebro necesitaba para poder procesar todo aquello que a tan solo segundos de nacido, se convertiría en mi primera batalla por mi propia supervivencia en este mundo. Aproximadamente a los 10 minutos de permanecer allí, callado, sin articular ni un solo llanto, el sonido mas anhelado por una madre que acaba de entregar todas sus ganas y todo ser para darle vida a un nuevo ser humano, en un solo parpadeo, Dios en su inmensa gloria, poso su mirada sobre mi, y vio, como casi sin aliento luchaba por mantenerme de pie en la batalla, El coloco su mano en mi espalda y con una sola palmadita, me dio el empujón que necesitaba para que, desde mi pequeña garganta, pudiera decir: Estoy vivo.

    En los primeros días de mi vida, la felicidad de la llegada de un nuevo integrante a la familia, hacia que se olvidara por momentos, ese instante difícil de mi nacimiento, ya que no se notaba ningún rasgo evidente de heridas resultantes de la batalla para conseguir mi propia supervivencia.
    Pasaron los meses, y poco a poco mis padres comenzaron a darse cuenta de que algo distinto ocurría en mi, debido a que no seguía el patrón evolutivo esperado para todo niño cuando va creciendo: reflejos que se mantenían mas tiempo del debido, mi tono muscular era débil y no podía mantener mi cuerpecito erguido como cualquier otro infante a esa edad.
    Al ver toda esa situación, mis padres decidieron llevarme al medico, para buscarle explicaciones a esa serie de fenómenos curiosos que estaban sucediendo en mi desarrollo. Luego de exámenes y pesquisas, el resultado llego dándole una explicación científica y terrenal a aquel incidente complicado en el momento del parto. Aquella palmadita que Dios me dio para llegar a la vida, en lenguaje técnico lo llamaron: Parálisis Cerebral causada por Hipoxia Neonatal.

    Transcurrían los días, y el eco de la noticia aun retumbaba en los oídos de mi seres mas cercanos, pensamientos de incertidumbre, oleadas de dudas mezcladas con un poco de desesperanza por no saber que seria del futuro de ese bebe, al que Dios había puesto en este mundo con una condición distinta al resto de la gente. Los temores invadían el aire de mis padres, tratando de buscar una explicación lógica a lo acontecido e indagando para conocer más a fondo y con lujo de detalles, las características especiales que llevaría durante toda mi vida.

    Mi madre, temerosa, inquieta, en medio de todo ese torbellino de emociones encontradas, donde la felicidad del primer hijo se mezclaba con la tristeza y la incertidumbre de no saber porque había dado a luz a un hijo en esas condiciones. Luchaba contra el deseo instintivo y maternal de llenarme de cuidado excesivos, realizando conductas impulsivas como levantarse en la madrugada para cerciorarse de que yo aun respiraba, dándole un poco de tranquilidad.

    A medida que pasaba el tiempo, las secuelas dejadas de aquel momento fueron tornándose mas claras, cuando comencé a tener dificultades para aprender a gatear, caminar, mantenerme erguido y con una postura adecuada. Poco a poco y con el pasar del tiempo, fui adquiriendo esas habilidades a mi ritmo y a mi manera, marcando una pauta de lo que seria mi vida en el futuro.

    Pasaron los años y con ellos llego la hora de entrar al colegio, un paso importante en la vida de todo ser humanos, y en mi caso, un dilema que mis padres resolvieron dándome un voto de confianza a mis capacidades de adaptación, inscribiéndome en un colegio regular.
    Recuerdo claramente la primera vez que entre al salón de clases en primer grado, ya la clase había comenzado y yo llegue como el niño nuevo, todos me miraron con sorpresa, preguntándose quien era ese intruso que llegaba a perturbar la armonía de ese recinto.
    A esa edad, a los niños no les importa si caminas erguido o no, o si hablas de manera distinta a ellos, solo te ven como un compañero más con el que pueden jugar y compartir. Yo en ese momento no tenia conciencia de las cosas que me diferenciaban de los demás, simplemente estaba allí como uno mas del grupo, luchando como cualquier niño para integrarme de la mejor manera posible.
    Poco a poco me fui dando cuenta de que las maestras me trataban de manera distinta al resto de los demás, me excluían sin preguntarme de las actividades que requerían cierta actividad física o incluso, sentía que eran mas condescendientes conmigo cuando llegaba la hora de los castigos, en esos momentos, en mi mente inocente me preguntaba porque no me dejaban hacer ciertas cosas, si yo sentía que las podía hacer como cualquier otro alumno, yo no era diferente a los demás, yo me veía en el espejo idéntico a cualquiera, con dos brazos y dos piernas funcionando, yo podía caminar, correr, saltar y brincar sin que eso significase un gran esfuerzo para mi. Es cierto, lo hacia a mi manera y a mi ritmo, pero lo hacia.

    Avanzando los grados escolares, la conciencia de mi condición se iba haciendo mas presente en mi, miedos temores y angustias iban invadiendo mi cabeza, preguntas sin respuestas entraban en mi cabeza derrumbando la tranquilidad de años anteriores, haciendo mella en mi confianza. Aun así, trataba de dejar a un lado todos esos pensamientos y sentimientos, para así continuar mi vida de manera normal.
    Hice muchos amigos en ese momento, creo que más que todo por mi actitud descuidada, echando a un lado cualquier diferencia física que pudiese tener con respecto a los demás y haciendo como que si no estuviera. Un mecanismo de defensa y de adaptación que me acompañaría durante el resto de mi vida.
    Cada cierto tiempo, habían momentos que Dios escogía para recordarme la condición que El me había puesto para llegar a este mundo, por ejemplo al momento de jugar cualquier tipo de deportes, nunca me escogían a mi para jugar o si lo hacían, siempre era el ultimo recurso, cuando ya no estaba mas nadie y había que completar el equipo para poder jugar. En esos momentos, la rabia en contra de mi propio físico se apoderaba de mí ser, acompañada por la tristeza que acarrea el choque contra la realidad que trataba de ocultar en todo momento.

    Llego la adolescencia, una etapa difícil para todo ser humano, donde conflictos existenciales llenan tu mente de rebeldía y lucha de poderes, cuestionando todo aquello que hasta ese momento obedecías sin articular palabra alguna. Nuevas experiencias y sensaciones llegan de repente y no tienes otra opción que manejarlas lo mejor posible. En mi caso, la situación no fue diferente, tuve los mismos conflictos existenciales que cualquier persona, solo que sazonados con un poco de temor a crear lastima en las otras personas por mis condiciones físicas, trayendo con esto, una serie de pensamientos e ideas negativas acerca de mi mismo, acarreando como consecuencia, una falta enorme de confianza en mi mismo para establecer relaciones afectivas mas allá de una amistad.
    Llegado el momento cuando las hormonas comienzan a manejar como títere la voluntad y la conciencia de uno mismo. Apareció de la nada, la primera muchacha en la cual fije mi mirada con intenciones de llegar más allá de un simple beso en la mejilla. El amor lleno mi vida y mi corazón de fantasías e ilusiones que se desmoronaban cada vez que la realidad chocaba de frente con mi rostro. Esa realidad decía a gritos que aquella muchacha siempre me vería como un buen amigo. Este episodio, llego a repetirse con diferentes personajes, trayendo a mi cabeza la idea de que ninguna mujer estaría dispuesta a estar al lado de una persona como yo, con estas características físicas especiales, y que provocaban la burla y la lastima de mucha gente alrededor.
    Pase esos años de adolescencia y colegios, tratando de buscar explicaciones de porque Dios había querido esta vida para mi, porque de repente en aquellos pocos minutos de mi nacimiento, todo se complico dando como resultado, ese estado de angustia, desesperanza y pena, que invadía mi cuerpo en los años mas conflictivos de la vida de un ser humano. En aquel momento yo no quería un Nintendo nuevo, ropa de marca, viajes o regalos costosos, yo solo quería poder hablar claramente y ser entendido, que la gente no me llamara “borracho” cuando me veían caminar, quería sentir en mis propios labios el calor de un beso femenino y experimentar ese orgullo que se siente al caminar agarrado de la mano con una mujer hermosa. Solo quería las cosas sencillas, esas cosas que mis amigos comentaban con tanta naturalidad y que para mi, se veían tan inalcanzables y lejanas.
    La salida del colegio y la entrada a la universidad fueron momentos de especial incertidumbre, ya que en cierta manera, con el pasar de los años, había encontrado en el salón de clases una zona de protección y confort de la cual no quería salir. Todos mis compañeros me conocían, se habían adecuado a mi forma de hablar y de expresarme, los profesores entendían mi caligrafía poco afinada, tenia amigos con los cuales compartía sin tantas barreras, y a pesar que de vez en cuando salían alguna que otra burla hacia mi, yo sabia que la única intención era pasar un buen rato haciendo chistes de la persona mas susceptible a ellos, pero sin ánimos de dañar o hacer sentir mal a nadie, aunque no lo niego, muchas veces lo hacían.
    Entrar a la universidad representaba otro reto para mi, me enfrentaría a un nuevo ambiente, un monstruo que abría su boca para devorar a cualquiera que se tambaleara en el camino. Sabía que al entrar en la universidad, no tendría otra boca sino la mía para expresarme y hacer valer mis derechos, ya no tenía a mis padres para defenderme y hacer las cosas por mí, era el momento de luchar en el mundo con mis propias armas.
    Mi mas grande temor era enfrentarme a gente nueva, tener que volver a percibir esas miradas de lastima o incomprensión, la necesidad de volver a explicar a todo el que me preguntara que me había “pasado”, y tener que repetir miles de veces hasta que por fin entendieran mis palabras.
    Luego de dar vueltas por varias opciones y carreras, decidí estudiar psicología, precisamente una carrera que requiere más habilidades sociales que cualquier otra, que pondría a prueba mi fortaleza mental, así como también mi constancia y empuje para conseguir las metas propuestas. Fueron pocas las personas que estuvieron de acuerdo con mi decisión, incluso mis padres, que me han apoyado toda la vida, estuvieron dudosos de que esa fuera mi mejor opción profesional, quizás por instinto de protección, tratando de evitar que yo sintiera algún daño emocional al ser rechazado o excluido por una escuela clasista y discriminatoria.
    Para poder ingresar a la escuela de psicología, es necesario presentar una serie de pruebas que “acrediten” tu normalidad psicológica y emocional, para así crear una especie de elite de estudiantes que se creen mejores que los demás solo por conocer que Freud amaba la cocaína mas que al diván y que una rata albina puede atravesar un laberinto si la privas de comida durante algunos días. Yo decidí enfrentarme a las pruebas con toda normalidad, haciendo caso omiso de comentarios que me recordaban la poca probabilidad que tenia para pasarlas debido a mis condiciones especiales. En ese momento, Dios volvió a posar su mirada donde yo estaba, y decidió que era mi destino ser psicólogo.
    Aunado con mi ingreso a la escuela de psicología, llegaron también muchos cambios en mi vida, uno de los más importantes fue la primera mujer que se fijo en mí como algo más que un amigo y que estuvo dispuesta a regalarme algo más que un beso en la mejilla. En ese momento me di cuenta de que de alguna u otra forma, si era capaz de atraerle a una mujer, que a pesar de mis temores, había algo distinto en mi que podía ser atractivo al sexo opuesto. Ella era una muchacha tímida e inocente, que apenas asomaba su cabeza fuera del cascaron, con los mismos miedos y temores que yo sentía, así como también anhelos y esperanzas de conocer ese mundo desconocido que llamaban amor. Tuvimos una relación de momentos mágicos, de muchas experiencias nuevas para ambos y que compartíamos con una intensa devoción y amor mutuo. El Señor me la presto por varios años, donde aprendimos y crecimos enormemente, teniendo siempre altos y bajos, tropiezos y aciertos, hasta que un buen día, ese mismo Dios que nos unió, decidió separarnos porque ya la misión que teníamos uno con el otro, había sido cumplida y teníamos que seguir adelante, cada quien por caminos distintos, poniendo en practica todo lo aprendido durante esos años.
    Durante la carrera, viví momentos difíciles, momentos donde se puso a prueba mi determinación y mi coraje, teniendo que soportar situaciones en las cuales algunos de mis profesores, me decían cara a cara que me retirara de la escuela, ya que ellos hundidos en su propia prepotencia, estaban casi seguros que tendría materias que yo no iba a poder aprobar debido a mi condición física y que era mejor para mi, desistir antes de enfrentarme a esa realidad inventada por ellos. Para su sorpresa y la de muchos, termine la carrera en tres años y medio sin reprobar ninguna materia, teniendo ellos que reconocer en el fondo de sus corazones lo equivocados que estaban, entendiendo que lo que parece imposible para el hombre, es posible para Dios.

    Durante toda mi vida, había estado siempre alejado de cualquier idea, emoción o situación que me vinculara de alguna manera con el termino discapacidad, siempre trate de todas las maneras posibles de rechazar todo lo que viniera de ese mundo paralelo que encierra a las personas con algún tipo de características distintas a lo común. Nunca me vi como uno de ellos, sentía que yo tenia la capacidad de hacer cualquier cosa que me propusiera, de alcanzar todas las metas y subir todas las cimas, aunque me tomara un poco mas de tiempo que los demás, yo siempre supe que podía llegar.
    Estas ideas y esos sentimientos de rechazo hacia mi propia condición humana, formaron parte de mi escudo protector contra algunos sentimientos de inferioridad que quizás podían surgir en algunos momentos de mi vida. En el fondo, nunca quise acercarme a mi condición innata porque eso representaba un choque de frente contra una realidad que no quería ver y que hacia tambalear mi estabilidad emocional y psíquica. La manera como el resto de la gente observa a los que de alguna u otra forma son distintos, me reforzaba ese temor de no incluirme en ese grupo, para no sentir directamente, esas miradas de lastima e incomprensión que abren heridas profundas en las almas de quienes las reciben.

    Un buen día, Dios decidió que era el momento preciso para que yo mismo aceptara esa realidad que quise ocultar durante tanto tiempo y que pudiese encontrar respuestas a muchas interrogantes que rondaron mi cabeza durante muchos años. El se dio cuenta que mi mente y mi corazón estaban lo suficientemente maduros como para afrontar la entrada a ese mundo ajeno a mí, sin socavar la confianza y la tranquilidad cosechada durante toda mi vida.
    El instrumento que el Señor uso para quebrantar mi espíritu y derrumbar mi fortaleza, no pudo ser mas hermoso. De repente, así de la nada, apareció un ángel con forma de mujer, irradiando una luz incandescente que ilumino mi vida completamente. Ella tomo mi mano temerosa llevándome por un camino incierto y desconocido para mí, un sendero lleno de cosas nuevas y muchas veces incomprensibles para mi mente analítica. En cada paso que fui daba junto a ella, fui descubriendo nuevas formas de ver la vida, con cada experiencia que vivíamos juntos, tenia la capacidad de transformarla en una enseñanza única e inolvidable, rompiendo mis esquemas y cambiando paradigmas. Mientras mas caminaba, iba conociendo gente nueva, personas que con su calidad humana y espiritual fueron afianzando este nuevo sentimiento de paz interior que me acompaña, ayudándome a encontrar respuestas a aquellas preguntas que rondaron mi mente sin descanso.
    Este nuevo camino que recorro acompañado de mi ángel, me lleva a conocer y abrigar mi corazón, ese Dios que tantas veces me tendió la mano, que en los momentos mas difíciles mi vida, siempre estuvo allí aun cuando yo no lo veía, y con sus manos, me levanto tantas veces del suelo, regalándome éxitos en cada etapa de mi vida.
    Hoy comprendo la razón de mi condición física, entiendo porque Dios permitió que llegara a este mundo distinto al resto de la gente, regalándome victorias en cada batalla, llenando mi corazón de felicidad y orgullo.
    Entiendo, que vine a este mundo, para reafirmar que todos tenemos una razón especial para estar aquí, no importa la condición física o intelectual, todos tenemos algo que enseñar y algo que aprender, porque siempre habrá gente a nuestro alrededor que se maraville con las metas que alcanzamos y que llore con nuestros fracasos. Es allí donde se le demuestra al mundo, la grandeza de nuestro Señor, como muestra fiel, de que nada es imposible en esta vida, si se mantiene la fe y el empeño inagotable por alcanzar la cima.
    La discapacidad es simplemente un estado mental, que te limita y te coarta incluso antes de intentar cualquier acción, porque si tu mente no se siente capaz de llegar al final de carrera, tu cuerpo responderá de la misma manera, reforzando así, tus propios pensamientos de inferioridad, creando un circulo vicioso del cual a medida que pasan los años, se hace mas fuerte y difícil de romper.
    Todo depende de la forma como se asuman las dificultades, considerando siempre, que cada problema es una oportunidad de crecimiento, de descubrir habilidades que quizás jamás sospechamos tener y que pueden sorprender incluso a nosotros mismos.
    La manera como la persona se desenvuelva en su vida adulta, depende siempre de la crianza proporcionada por sus padres, ya que el niño nunca nace con miedos, temores, angustias o sentimientos negativos hacia si mismo; estos son siempre producto de la combinación de los miedos de ambos padres y que se transmiten a lo largo de la niñez al ser humano. En mi caso, mis padres nunca me vieron como un discapacitado, siempre confiaron en mis habilidades para conseguir mis metas y esa confianza proveniente de las personas más importantes de mi vida, se fue reflejando en mi propia vida, sirviéndome de arma para luchar contra las adversidades.
    Nuestro paso por este mundo terrenal es corto, no vale la pena apagar esa luz que Dios nos entrega al momento de nacer para que seamos portadores de paz y alegría, con miedos y angustias que nos obligan a ocultarle al mundo lo maravillosos que somos.

    “El tamaño de la montaña es directamente proporcional al tamaño del miedo a resbalarse”

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